Un hombre abre la puerta del edificio administrativo y empuja un carro metálico lleno de relojes detenidos. El pasillo huele a polvo viejo y aceite seco, como si el lugar hubiera olvidado su propia función hace años. Cada reloj marca una hora distinta, pero ninguno avanza. Los deja sobre una mesa larga donde otros ya están alineados, como si esperaran juicio. No hay prisa en sus movimientos, solo una rutina aprendida de hacer lo mínimo para que nada cambie demasiado. Ajusta un engranaje, intenta girar una aguja, pero el mecanismo…
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